La familia constituye el primer espacio de interacción de un menor, el lugar donde se establecen las bases del bienestar emocional, la seguridad y la confianza que lo acompañarán durante toda su vida. Los niños carecen de capacidad para autoprotegerse, por lo que es responsabilidad de los adultos garantizar no solo sus necesidades básicas, sino también sus necesidades emocionales.

Cuando un niño o niña crece en un hogar donde existe violencia, miedo o control, aunque no sea víctima directa de agresión física, el impacto emocional es profundo. La exposición continua a un ambiente hostil afecta a su regulación emocional y los coloca en un estado de alerta permanente, anticipando el próximo conflicto. Esta amenaza constante deteriora su sensación de seguridad y favorece la aparición de ansiedad, miedo crónico y dificultades para identificar, expresar y regular sus emociones.

Además, estos menores suelen presentar problemas en la socialización: desconfianza hacia los demás, dificultades para establecer vínculos seguros e incluso aislamiento. También interiorizan modelos relacionales basados en la agresión, la sumisión o la normalización del control, lo que condiciona profundamente sus creencias sobre el amor, la amistad y la convivencia.

 

Ser testigo de violencia hacia la madre convierte a los menores en víctimas directas o indirectas. La exposición a la violencia de género puede generar alteraciones físicas, emocionales, cognitivas y conductuales, independientemente de la edad. Es fundamental recordar que la madre se encuentra con frecuencia en una situación de extrema vulnerabilidad, miedo o dependencia, lo que limita su capacidad para proteger a sus hijos e hijas. Por ello, la protección del menor debe ser asumida por el conjunto de la sociedad y las instituciones.

¿Cómo se manifiesta el daño psicológico en niños y adolescentes?

En mi práctica clínica, una de las primeras señales que observo es la desconfianza. Muchos menores niegan inicialmente lo que han vivido o restan importancia a la violencia presenciada. La creación de un vínculo terapéutico seguro puede llevar meses, pero es imprescindible para que puedan sentirse protegidos y comprendidos.

Las manifestaciones concretas dependen de la etapa evolutiva, pero en la adolescencia —la población que más suelo atender— son frecuentes:

  • Estado de hipervigilancia y alerta constante.
  • Ansiedad elevada y cambios bruscos de humor.
  • Culpa por “no haber evitado” la violencia.
  • Asunción de roles protectores con hermanos pequeños o incluso con la madre.
  • Pesadillas, recuerdos intrusivos o reexperimentación del trauma.
  • Normalización de modelos relacionales dañinos o mitos del amor romántico.

 

El entorno escolar juega un papel clave en la detección. Cambios repentinos en el rendimiento académico, dificultades de concentración, conductas disruptivas, aislamiento o irritabilidad pueden ser señales de que el menor está viviendo situaciones de riesgo en el hogar.

Cuando el agresor utiliza a los hijos como instrumento de violencia

En los casos más graves, el agresor puede utilizar a los hijos como herramienta para hacer daño a la madre. Esta instrumentalización tiene raíces psicológicas y culturales profundas.

 

Suelen aparecer:

  • Creencias machistas que sitúan al agresor en una posición de superioridad y derecho de control.
  • Cosificación de los hijos, considerados como objetos o medios para castigar.
  • Dinámicas de amenazas, coacción, dominancia y control emocional.
  • Rasgos como egocentrismo, falta de empatía y ausencia de culpa.

 

El maltratador se aprovecha de la vulnerabilidad de los menores para generar el máximo sufrimiento posible hacia la madre, vulnerando gravemente la integridad física o psicológica de los niños.

¿Se pueden detectar patrones antes de llegar a la violencia extrema?

Aunque cada caso es único, existen factores de riesgo frecuentes en situaciones de violencia extrema, como el asesinato vicario:

  • Deseo de venganza hacia la madre.
  • Necesidad de control y sometimiento.
  • Antecedentes de violencia o denuncias previas.
  • Ira desregulada o impulsividad extrema.

 

Anticipar un acto así es extremadamente complejo. Por ello, la evaluación del riesgo debe ser integral y multidisciplinar, recogiendo información de diferentes agentes y observando las dinámicas familiares en su conjunto.

El impacto devastador del asesinato vicario en las madres

El asesinato vicario es una de las formas más crueles de violencia machista. El agresor sabe que dañar a los hijos es la vía más dolorosa y irreversible para generar sufrimiento en la mujer.

El proceso terapéutico tras una pérdida así es largo, delicado y especializado:

  • La primera fase suele estar marcada por el shock, la irrealidad y el bloqueo emocional.
  • Es fundamental un acompañamiento cercano, respetuoso y continuado.
  • El ritmo lo marca siempre la madre.
  • El dolor fluctúa entre la rabia, la culpa, la tristeza y el vacío.
  • La intervención se centra en la reconstrucción del sentido vital, el abordaje del trauma y la validación constante del dolor.

Aunque existen recursos para víctimas de violencia de género, la sociedad aún no sabe cómo abordar adecuadamente estas pérdidas. Es necesario aumentar la formación en trauma complejo, mejorar los programas especializados y garantizar acompañamiento a largo plazo.

Además, las madres supervivientes suelen enfrentarse a revictimización, estigma y falta de comprensión social, lo que añade capas adicionales de sufrimiento.

Si estás interesada en conocer más datos acerca de este fenómeno te cuento más, junto con otros profesionales, en este enlace:

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Buscar apoyo es una forma de protegerse.

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Por Elena — Psicóloga sanitaria en Contigo Psicología Online

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